Mi idea de lo que
era ser mujer estaba restringida a los limitados modelos culturales de esa década y de un pueblo pequeño de los Estados Unidos.
Por esta razón, no era sorprendente que dependiera de John, la figura masculina significativa en mi vida, a la hora de
conseguir el permiso que necesitaba para expresar la parte más libre de mi naturaleza, ya que en el fondo me asustaba la
posibilidad de reivindicar mi propio poder y tomar mis propias decisiones.
Si John decía: "Sé Betty", dejaba suelta mi melena rubia y me ponía un vestido primoroso y unos brillantes zapatos
de charol negro. Entonces, jugábamos a las tiendas, al colegio o a la iglesia; o limpiaba sumisamente mi habitación y
practicaba al piano. Se suponía que Betty era bonita, complaciente y agradable. A veces me sentía castigada, traicionada
y enfadada porque mi parte aventurera, amante de la diversión y el bullicio, quedara literalmente aplastada.
Los días en que John decía: "Sé David", me chispeaban los ojos y corría a mi habitación para hacerme una trenza y
ponerme vaqueros y zapatillas de goma, y poder, una vez fuera, correr, trepar, reír y reñir, explorar junglas, librar
batallas y vivir aventuras junto a mi hermano. Era excitante ser David, ya que él era audaz, enérgico y competitivo;
aunque, por otro lado, también podía ser excesivamente exigente y llegar a hacerme sentir asustada, sola y abandonada.
Durante años continué pidiéndoles a los hombres que dijeran quién podía ser yo en un momento dado, si Betty o David;
y me convertí en lo que mis amigos, mi marido, mis jefes y profesores esperaban de mí. No tenía ni idea de que hubiera
otra opción, por lo que tardé muchos años en darme cuenta de que la cuestión no era ser "David" o "Betty". sino que podía
unir ambas partes de mí misma, masculina y femenina, y ser una mujer en su totalidad; podía ser suave y fuerte a la vez.
Por Elizabeth Marlow
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